2014/04/06

Ruanda, la reconciliación vigilada

Ruanda, un país que padeció el genocidio más rápido de la historia resurge con una pacificación controlada desde el Estado


/ elpais.com
Una vieja bicicleta sube la colina en plena noche ruandesa con un saco de arroz bien atado. Los grillos acompañan la suave ascensión. Eric, profesor de escuela en la región de Ntarama, arrastra el vehículo por el camino de arena que se abre entre bananeros con la memoria tan bien atada al presente como el saco a la bici. El profesor, como otros miles de personas, bajó corriendo por estas mismas colinas hace 20 años hacia el valle de manglares. Tenía 6 años y huía de la mano de su madre hacia un lugar que serviría de tumba y de refugio. Entre la alta vegetación y semisumergidos en el agua, miles de personas intentaron evitar que les alcanzaran los militares y los interhamwe —la milicia de extremistas hutus— a quienes veían bajar por los cerros. El país de las mil colinas es también el del millón de muertos en tres meses, el del genocidio más rápido de la historia. Sucedió hace justo dos décadas.
En Ruanda la población se divide ahora entre supervivientes y genocidas. Y los que gobiernan. Eric forma parte de la primera categoría, a la que, paradójicamente, no acceden todos los que fueron perseguidos. Él ha recibido ayuda y una casa del Gobierno. Es tutsi. Y trabaja formando a la generación que no vivió las matanzas, más del 60% de la población, pero que crece con sus enseñanzas.
Una vez por semana, Eric y todos los profesores de la escuela dedican una hora a un curso que llaman de “cultura”, donde explican lo que sucedió durante el genocidio y que, “gracias a las actuales políticas del Gobierno, se ha conseguido la paz y la reconciliación”. Una frase que es como una letanía. Tanto en las escuelas como en los periódicos se salta la regla que prohíbe hablar de hutus y tutsis. Cuando se habla del genocidio se añade siempre “contra los tutsis”, aunque también miles de hutus murieron a machetazos.
Kigali, la capital de Ruanda, se ha convertido en un símbolo de superación y triunfo. Su belleza natural se realza con calles de asfalto impecable custodiadas por cuidados jardines, mientras batallones de obreros pican y perforan, miden y construyen. Los rascacielos ya terminados y los edificios que avanzan rápido bajo las grúas son la imagen de progreso que el Gobierno no deja de proclamar. Con un 8% de crecimiento en la última década, el minúsculo país —un poco más pequeño que Galicia— recibe ayudas de fundaciones y donantes que “sienten así que palian la culpabilidad por su pasividad durante el genocidio”, según un opositor en el exilio sudafricano.
Mientras, el Parlamento más femenino del mundo —el 64% de los escaños están ocupados por diputadas, la única asamblea en el mundo dominada por mujeres— permite a las autoridades vender una imagen de igualdad y democracia que logra esconder las sombras. Dependiente de las ayudas y, oficialmente, de las exportaciones de café y de té, la economía de Ruanda sigue tintada por la pobreza rural, sobre todo en el sur, donde se concentra la población hutu, mayoritaria.
En la gran rotonda del centro de Kigali y en la zona de ministerios —donde cualquiera que quiera invertir o trabajar está condenado a consumir paciencia y formularios para poder conseguir una colección de autorizaciones— los ciudadanos caminan impolutos, enfundados en camisas y zapatos puntiagudos, y siempre con la misma letanía: “Todo es nuevo en Kigali, ahora convivimos en paz”. Los comentarios de jefes de departamento, los propietarios de cantinas y hasta los presos que cumplen condena por haber planificado las matanzas manejan respuestas similares.
El partido que gobierna hoy el país con mayor densidad de población de África —11 millones de habitantes, 437 por kilómetro cuadrado— era un grupo rebelde tutsi antes del genocidio. Su cúpula está formada por refugiados que crecieron en la vecina Uganda y que a principios de los noventa entraron por el norte de Ruanda para derrocar al Gobierno hutu. El actual presidente del país, Paul Kagame, era entonces el líder de esta rebelión, una insurrección que también sumó atrocidades en su historial, tanto antes como después del genocidio, aunque las hayan redimido con la victimización exclusiva reservada a los tutsis. Es difícil saber qué porcentaje hay de hutus y tutsis en el Gobierno, la etnia ya no aparece en los carnés de identidad y las políticas de reconciliación incluyen no resaltar esa diferenciación. Pero cada uno sabe quién es quién, y entre la población hutu, e incluso entre la oposición forzada al exilio, reconocen claramente que “el poder está en manos de la minoría tutsi”.
El director de la prisión de Nyanza observ a el retrato del presidente Paul Kagame. / CHIP SOMODEVILLA
En una de las pendientes vertiginosas de tierra roja, Sonia, de 6 años, no pide dinero como otros niños. En un perfecto inglés, cuenta que vive en el barrio y que le gusta la escuela. Aunque es un país francófono, las nuevas generaciones hablan inglés. El Gobierno actual decidió cambiar el francés por el inglés, por su animadversión a Francia, a quien consideran cómplice del genocidio, pero también porque los actuales líderes crecieron y se formaron como militares en la anglófona Uganda.
La organización y la comunicación son sin duda dos materias bien domesticadas por el Gobierno actual, que propugna una Historia donde se culpabiliza sutilmente a una etnia entera, la hutu, mientras se esmera en cuidar las relaciones públicas. Kagame es el presidente africano más seguido en Twitter, una red muy utilizada por las autoridades. Con sonrisas y tuits, se esculpe la imagen de desarrollo que mantiene la ayuda internacional fluyendo.
Convertidos en atracción turística, los macabros museos de la tragedia, con las ropas de los fallecidos, los cráneos e incluso cuerpos embalsamados a medio descomponer, dejan mudos a los visitantes. Lo más visitado de Ruanda son los gorilas y los muertos. Ambos incapaces de hablar.
Los presos de la cárcel de Nyarugenge, la prisión central de Kigali, visten uniformes de dos colores. El rosa es para los que esperan ser procesados, el naranja para los convictos. Valerie Bemeriki va de naranja y camina coja apoyada en una muleta. Ella estaba de guardia en la Radio de las Mil Colinas, la llamada radio del odio, la noche del 6 de abril, en que fue abatido el avión presidencial. Estuvo en antena durante las primeras matanzas. “Decía a la gente que debían matar a las cucarachas tutsis porque me lo ordenaban las autoridades, pero también porque creí que si no les matábamos nosotros, ellos lo harían antes”. Ahora pide perdón y celebra la política de unión nacional. “Ellos [los tutsis] no son como nosotros [los hutus]. No me han matado ni torturado”.
Nyirandegeya Mwamini es otra mujer naranja. Condenada de por vida. Ella estaba con los milicianos interhamwe en los controles que se instalaron por toda la ciudad para eliminar a los tutsis. “Fui cómplice”. Iba de un puesto a otro vendiendo cerveza y participando en la criba macabra que llevaba a seres humanos a ser exterminados en fosas. “Crecimos con esta tensión en la escuela, con la cantinela de que los tutsis eran los enemigos. Todo fue una cuestión política”. Tras las masacres, igual que Valérie e igual que miles de ruandeses, tanto víctimas como verdugos, Mwamini huyó a Congo donde, de repente, se refugió una nación rota.
Bizimana también viste de naranja. Como administrador del barrio armó a milicias. Fue juzgado por los tribunales gacaca, creados en 2002 para celebrar juicios comunitarios que aliviaran la enorme carga judicial. “Son minoritarios los que profesan la ideología genocida. O, en todo caso, no lo pueden proclamar”, cuenta este antiguo burgomaestre. “Ahora, a los que siguen pensando como hace 20 años, que hay que eliminar a los tutsis, se les margina”. Y vuelve la fórmula: “Desde que el Gobierno implantó la política de reconciliación, entendimos que debíamos vivir juntos”.
Los prisioneros que hacen flexiones, los que hacen cola para hacerse el examen para la tuberculosis y los que merodean con cuadernos van impolutos. “Las celdas no están superpobladas”, explica con un inglés atascado la tímida directora adjunta de la cárcel —otra mujer al cargo—. Aunque hay informes que indican lo contrario, y la cárcel de Gitarama está considerada una de las peores en el mundo.
Pero de nuevo lo que se ve —lo que se deja ver— parece impecable. La misma ministra de Sanidad denegó personalmente una visita al hospital psiquiátrico de Ndera.
Entre los grupos de sigilosos ruandeses en los restaurantes caros de Kigali siempre hay alguno de blancos que no han venido a hacer turismo. Conocen bien las curvas entre Kigali y Goma, al otro lado de la frontera, en Congo, a tres horas de coche. Hace unos años, uno de estos empresarios sudafricanos contaba cómo su empresa certificaba en Ruanda los minerales extraídos de Congo. Los suyos no eran de sangre, decía, aunque no ponía demasiado empeño en defenderlo.
Valerie Bemeriki, locutora de la Radio de las  Mil Colinas,
 en la prisión central de Kigali. / 
G.PARELLADA
El movimiento entre Goma y Kigali hace olvidar a menudo que haya una frontera. Los jóvenes de Goma que se lo pueden permitir van de fiesta a Kigali y los empresarios instalados en Kigali van y vienen a Goma para cerrar tratos. La carretera por la que ahora circulan los minibuses, sorprendentemente vacíos de algarabía, es la que tomaron primero miles de refugiados que huían de las matanzas, y luego miles de genocidas cuando vieron venir las represalias al cambiar de manos el régimen. Uno de los viajeros, vestido con chilaba, confiesa pícaro que no es que sea musulmán, sino que la vestimenta le sirve para traficar mejor las piedras que sacaba de Congo. “¿Qué no hay corrupción en Ruanda? Hay la misma en ambos lados, lo único que aquí se disimula mejor”.
Congo siempre lleva a Ruanda y Ruanda siempre lleva a Congo, que hoy paga la resaca del genocidio. Los miles de refugiados de uno y otro bando concentrados allí han generado el peor conflicto del planeta, con cinco millones de muertos. Congo exporta minerales y Ruanda las tensiones que impide dentro de su territorio con mano de hierro.
La oposición ruandesa viaja en Sudáfrica en un Range Rover negro sin matrícula y cita en una gasolinera, para, tras unas vueltas de precaución, llegar al destino. Las medidas no son un capricho. Uno de sus líderes, Patrick Karegeya, apareció estrangulado la noche de fin de año en uno de los mejores hoteles de Johanesburgo. Y su compañero, el general Nyamwasa, ha escapado a tres intentos de asesinato. Ambos estaban muy próximos a Kagame durante la rebelión y después, durante los primeros años de poder. Los familiares y el partido consideran que no hay ninguna duda sobre el brazo ejecutor. “No lo creo, lo sé. Es el Gobierno ruandés el que está detrás del asesinato de mi tío”, relata David Batenga.
Solo en el exterior de Ruanda se pueden escuchar voces críticas con el régimen. “Todo el que indica que ciertas prácticas no se deben ejercer es declarado enemigo del Estado y es encarcelado o eliminado”, dice un opositor exiliado. Frank Ntwali, presidente del Congreso Nacional Ruandés, mira siempre por el retrovisor cuando conduce. Está siempre alerta porque se siente amenazado por decir cosas como que “no hay reconciliación ni justicia en Ruanda”. Lo que el mundo considera una democracia ejemplar es, para ellos “un Estado de terror, una dictadura”.
Estos días el país se viste de púrpura, el color del luto. La exhumación de cuerpos sigue año tras año durante las fechas de las conmemoraciones y este mes de abril, en el que se cumplen 20 años, las vigilias y actividades adoptan un aire aún más trágico. Los periódicos controlados por el régimen informan del ritmo previsto para las ceremonias, mientras este silencio omnipresente tiñe el débil equilibrio que sucumbe en casa de los vecinos congoleños.
El mundo mira el progreso de Ruanda ignorando la estela que sigue viva en Congo, mientras la tensión no expresada ignora el estado de frustración interna. Desde su exilio sudafricano, lejos de la colina que durante 90 días se colmó de cadáveres, Frank Ntwali lanza una pregunta: ¿se puede hablar de paz sin libertad?

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